La Echo de Menos
La echo de menos
Por poco me moría de aburrimiento conduciendo a casa. Siempre hacía la misma rutina todos los días y estaba harta de lo normal. Era el cuarto día en que había llovido a cántaros convirtiendo las calles en pequeños ríos, poniendo a todos de mal humor. Las nubes permanecían grises y cubrían el cielo como si fueran una sábana. Las sonrisas de todos habían desaparecido incluso la del sol que se escondió del mundo. Quizá nuestra luz de la vida quería unas vacaciones de la rapidez e impaciencia que contaminaba las bellezas que nos rodeaban cada día. De hecho yo también extrañaba las simplicidades. ¡Necesitaba un descanso de la tecnología, los móviles, los coches, el correo electrónico! Me habría gustado ir a un lugar donde nadie pudiera encontrarme.
Finalmente, llegué a la casa, gracias a Dios, sin haberme hecho ningún daño en el camino. Inmediatamente, vi que ella me estaba esperando y el corazón se llenó de entusiasmo y alegría. Pocas personas en este mundo instantáneo entendían cómo la echaba de menos. Siempre era el que llegaba a casa, con sus palabras insinceras y una letra que podría ser de una persona cualquiera. Me sentía mal por ella porque no sabía por cuanto tiempo se había quedado allí sola, en la lluvia, sin ver a nadie. Podría haber pasado una hora, dos horas, no tenía ni idea.
Entramos en la casa y la puse cerca del radiador. No podía interpretar la emoción de su cara muy bien porque la incesante catarata de agua que caía del cielo la había dejado empapada. No sabía de dónde, de quién o cuándo vino pero me di cuenta de que algo no era normal. Pasaron tres horas y las hojas estaban secas. Intenté descifrar la letra desaliñada. Aunque no la podía entender palabra por palabra, me parecía temblorosa como si la persona estuviera llorando o triste. Decía:
Querida Tiffany,
Soy yo, abuelita. Me parece que todos hemos estado muy ocupados para escribirte. Ahora, te escribo. Espero que estés bien, y que sepas que todos te extrañamos aquí en los Estados Unidos. Estamos muy orgullosos de ti. Has tenido experiencias que todos hemos esperado tener. ¡Sigue tus sueños! Desgraciadamente escribo con las malas noticias de que he cogido cáncer y me quedan dos meses de la vida. Sé que es una pena…pero que te quedes allí. No vuelvas. Voy a estar bien y otra vez al lado del abuelo. Nunca te olvides de que te quiero, eres un ángel, mi ángel. Siempre voy a estar contigo en espíritu.
Besos y abrazos,
Abuelita
Me quedé sin moverme y las lágrimas se deslizaban lentamente por la mejilla, una…dos…tres…infinitas se me estaban cayendo. No puedo explicar en este momento cómo la echaba de menos.
El Neumococo Chochiflán dijo
A veces anhelo el don de la ubicuidad. Hoy te lo deseo a tí.
Saludos bacterianos.
28 Julio 2006 | 09:07 AM